domingo, 4 de mayo de 2014

Del estrago materno, de Jacques Lacan, al ¡qué horror me parezco a ella!





Estrago materno


El hijo varón se presta más a ser el objeto de goce de la madre que la hija, este prácticamente no distraerá su demanda de amor hacia el padre, simplemente orientará sus requerimientos de amor muy de acuerdo al modelo edípico en lo relacionado con el objeto materno idealizado.

En cambio la relación madre–hija invariablemente será mucho más compleja, porque la niña remitirá a la madre a su propia división, ¡a la madre que no quiere poner en juego su feminidad!, la hija le evoca el ser mujer que ella rechaza.  En la relación madre-hija habrá cierta decepción por aquello que la madre no le pudo dar, y la rivalidad cuando esa relación que puede tener lugar entre ellas toma, aparentemente, una forma cariñosa y resulta muchas veces destructiva.
Se puede manifestar de distintas formas. Aparece como dificultad para la separación: cuando la madre se siente decepcionada o rechaza a la hija poniendo en juego un goce que, a pesar de todo, las une y da lugar a la repetición.   Otra manifestación es en forma de rivalidad imaginaria, que será una situación confusa donde una quiere ocupar o tomar el lugar de la otra, o bien se ven imposibilitadas a compartir un mismo espacio porque la presencia de una de ellas implicará la supresión subjetiva de la otra… o bien como horror al enfrentar la idea de reconocerse en algún rasgo de la otra.

Jacques Lacan dio el nombre de estrago materno a esta relación en que la madre toma a su hija como objeto (de goce). Las dificultades de la hija con lo femenino están sostenidas tanto desde el lugar del Otro materno, que no transmite la falta ni quiere ver en su hija a una mujer, como desde el lado del Otro social, que empuja a la satisfacción más narcisística y al desconocimiento del deseo.



En la novela El baile, tendremos dos escenas donde el estrago materno es más que evidente.   La primera en cuando Antoinette es pequeña y recién termina una época de abrazos, la madre la rechaza porque le resulta molesta y la llama “pequeña imbécil”.  La segunda escena será cuando la abofetea delante de los chicos. 


“Esa mujer que osa amenazarme”

Frase de la hija adolescente que proyecta la visión que tiene de su propia madre, no en plan materno sino como rival. También proyecta la clara  hostilidad de la madre hacia la hija, pues la Sra. Kampf está en declive en su vida y proyecta sus deseos de grandeza y brillo social como prioridades básicas de su vida y no así en asumir su papel materno.

Son dos mujeres, una que apenas emerge y la otra que se aferra a la última oportunidad como mujer.  El baile es organizado por la madre tiene un fondo real, y es el deseo de sentirse en los brazos de un hombre, un amante.  Hay un deseo de mujer, igual que el deseo de Antoinette.

Uno de los detalles sutiles que nos regala la autora es cuando Antoinette observa a su mamá ansiosa,  en medio de la prisa por los preparativos de la fiesta y hace aspavientos desesperados con las manos; la adolescente reconoce ese ademán y se mira en un espejo: es justo idéntico al que ella realizó cuando soltó las invitaciones en el río. Hay otros momentos como cuando la madre dice “tengo que vivir yo”  “ahora me toca a mí” con el mismo tono teatral la hija realiza reflexiones.



El momento central de tensión es cuando Antoinette deja caer los sobres al Sena.  Es considerado un “pasaje al acto”, que en psicología implicará la angustia patente en la adolescente cuando observa la relación de su institutriz con su novio cuando la besa; ella quiere desaparecer y se retuerce las manos como una mujer celosa y por ese movimiento un sobre se le cae al suelo, decidiendo así lanzarlos todos al río.  Acción que no estaba premeditada, pero ya no tiene vuelta atrás.  Antoinette ya no es la misma, ha tenido la capacidad de actuar que antes no tenía.  Esta escena vincula el despertar de la sexualidad que ha estado presente en toda la obra.



Hay varios momentos en que Antoinette realiza una “toma de posición”, por ejemplo cuando piensa que podrían confundir a su madre con una cocinera en esa fiesta, en cambio ella sería maravillosa y los hombres la rodearían para admirarla.  Otro momento es cuando piensa que sus padres son unos incultos y bordes.  Desde luego que el momento final es el estelar, cuando con una sonrisa manifiesta abiertamente la indiferencia por la madre que se ha hundido.





Lo opuesto al amor es la indiferencia, no el odio.


Parece que es una novela carente de amor, los personajes están reunidos en una familia pero jamás se hablan o expresan cariño, muy al contrario, siempre se reprochan unos a otros. 

El final es controvertido. Muestra la venganza de la hija, el derrumbe de las ilusiones de la Sra. Kampf y un abrazo donde se cruzan ambas, pero Antoinette sonríe ante el desplome de su madre y el sitio que ella ha conseguido.   Se aloja finalmente en el deseo materno, cuando al final dice “pobre mamá”.   La pobreza que despoja a la madre de su ambición de riqueza. Novela breve pero compleja de analizar que nos plantea la realidad de una época donde los hijos eran educados de manera estricta.  Curioso que el tema central sea la tremenda relación madre-hija, cuando en esos años, a principios de siglo, las familias de cierto nivel económico y social dejaban a los hijos en manos de institutrices y los padres se ocupaban de los hijos en contadas ocasiones. 

Irène Némirovsky retrata a la familia y la sociedad de su época, siempre basada en una apariencia hacia los demás, donde los aspectos sociales, históricos, políticos y hasta los autobiográficos son necesarios para hacer un análisis de la obra.





Irène Némirovsky, El baile. Páris, 1929.














Irène Némirovsky, nacida en Kiev, Ucrania en 1903, rusa de origen judío que fue exiliada por causas de la revolución bolchevique.  Su familia se establece en París, Francia y ella estudia literatura en la Universidad de Soborna –la institución de mayor prestigio en Francia en la licenciatura de letras- .  Joven autora que con 26 años nos entrega su tercera novela Le bal.  Su muerte es prematura y trágica. No obstante haberse convertido al catolicismo desde su exilio, es reclamada como judía, por el Tercer Reich del gobierno de la Alemania Fascista.  Morirá en 1942 en el tristemente afamado campo de concentración de Auschwitz. 




Lista del convoy número 6, con 119 mujeres hacia el terrible destino final
el 16 de julio de 1942.  El nombre de I. Némirovsky aparece como Epstein Irène Némirovsky,  femme de lettres, mujer de letras.





























El baile es una breve novela realista, sencilla y casi podríamos catalogar de plano, sin sorpresas.  La autora no se involucra con expresiones de sentimientos o se permite realizar observaciones significativas.  De esa manera fría, con la misma absoluta indiferencia de la protagonista de 14 años, nos narra en tercera persona lo que parece ser el pasado de I. Némirovsky y lo transforma en el  presente de Antoinette Kampf y su familia de nuevos ricos.





El padre de la autora era un  banquero judío rico, y Sr. Kampf también era judío y ha tenido un golpe de suerte que cambió su economía y estatus social.  Sin mucho preámbulo  nos enteramos que los padres de Antoinette quieren debutar en la sociedad parisina con un baile, para dar a conocer su fortuna y lograr un lugar en la alta sociedad exclusiva de antiguos burgueses y aristócratas millonarios.  La hija adolescente manifiesta su emoción por asistir al evento y encuentra una negativa rotunda por parte de su madre, quien argumenta que es ella la que tiene que ser la protagonista central de la fiesta.
Así se romperá el mito universal de la infinita bondad y sacrificio de las madres para con los hijos, la Sra. Kampf ha ido alimentando el rencor de su hija con ofensas continuas y eso dará como resultado una tremenda rivalidad de poder y protagonismo entre ellas.

Las escenas se desarrollan con planteamientos ligeros, la historia avanza sin detonar un ritmo de sentimientos, describiendo perfectamente a la madre para apreciar el cambio de personalidad drástico que sufrirá el personaje principal, Antoinette.




La Sra. Kampf se irrita por el poco interés de su hija en los asuntos de la sociedad y el lucir como verdadera rica, ella quisiera ver en Antoinette una grácil jovencita de refinados modales y no es así, entonces reacciona agrediéndola, haciendo referencia a su cara adolescente con frases muy hirientes como  -“¿En qué sueñas con ese labio colgando?”-

La adolescente está ansiosa de ser ya una mujer, de tener un novio como el de su institutriz, de que la besen y abracen y pasa las horas imaginando y soñando cómo será todo ese mundo de “mujer”.  Desea ir al baile y que todos la admiren, bailar en los brazos de un hombre con un bello vestido.  Pero no.  Esta su madre para impedirlo, su madre a la que ahora siempre le estorba.  Resulta que Antoinette también es ambiciosa, quizás más que su madre.
La venganza de la adolescente, toda esa ira acumulada y la frustración reprimida, saldrán al vuelo como el paquete de invitaciones para el baile que debería de depositar en el buzón y decidió lanzar al río Sena.   Ha sido la manera de castigar a su madre.

Ahora tenemos a la nueva Antoinette, la adolescente perversa que desafía las normas para dar un paso a la madurez, con una indiferencia e irresponsabilidad total con todo el desapego que tanta lágrima le ha ido forjando.

El día de la gran fiesta llega, la madre está vuelta loca de nervios… mientras la chica observa escondida en un lugar de primera fila el desastre que se avecina.

La escena de la espera de los invitados es genial, lo que más me ha gustado de la novela.  La descripción que la autora nos brinda de los personajes, que por cierto son bien pocos, sus actitudes individualistas –tanto de la madre como de la servidumbre o la única invitada que ha llegado- son tan patéticas que toma un tono ambiguo de tensión y comicidad.

Y así concluye el baile tan esperado por la Sra. Kampf, así, sin siquiera haber comenzado.
Antoinette, que parece dimensionar  la tragedia por primera vez, se muerde las manos y dice –“Me importa un bledo”.  Ya no teme a su madre, rompió la barrera entre ellas ahora ambas son capaces de las mismas cosas.



miércoles, 30 de abril de 2014

Dinero, paranoias y nuevos ricos siempre apanicados.




Dime para qué sirve el dinero y te diré quién eres.


Una realidad es que no sabemos para qué sirve el dinero.  Es cierto que es un medio para vivir, pero solemos confundir la calidad de vida con cantidad de gasto; somos malos para ahorrar y nos dejamos llevar por las emociones rápidas y la satisfacción o placer “instantáneo” que nos produce el poseer cosas… finalmente ya quedamos en que hoy vivimos en un mundo exprés, donde todo tiene que ser rápido, nada a largo plazo.

En ocasiones ni siquiera tenemos todavía el dinero en nuestras manos y ya tenemos todo un plan maestro de cómo lo vamos a gastar en ser felices, aunque sea por corto plazo; o quizás a la inversa, es decir que no tenemos el dinero y ni siquiera sabemos de dónde lo vamos a sacar pero ya tenemos en la mira lo que deseamos poseer.  ¿Te suena el tema?

El dinero sirve para que trabaje por nosotros, no nosotros para él; para esto tenemos que invertir nuestros dinero en activos –negocios que generen dinero- y dejar de gastar en los tentadores pasivos –videojuegos, revistas, artículos de colección, etc.-

Si el dinero no sirve para  compartirlo con los demás, entonces ¿para qué sirve? 

Esta es la idea de Warren Buffett, que ocupa el cuarto lugar de personas más ricas del mundo según la afamada lista de Forbes.  Warren es un empresario estadounidense y el mayor inversionista a nivel mundial – sus giros comprenden desde la joyería más exclusiva hasta los ladrillos más económicos-  Él  donó $31 mil millones de dólares para caridad. 





Y yo coincido con su idea: 
el dinero es para compartirlo.





Monomanías, fantasías, paranoias y demencias de los nuevos ricos.


En un escaparate de Louis Vuitton, en ave. Masaryk, Polanco, hay diminutas carteras de más de 12 mil pesos.  En la misma banqueta, unos metros adelante, un tipo vende unas iguales por 250 pesos.  Resulta que como tienen el mismo color que las del escaparate, y además el mismo diseño y hasta el mismo logotipo pues llega la policía. En un mundo justo y sensato se llevaría detenido al estafador que no tiene escrúpulos.  En este, nuestro mundo, se llevan preso al vendedor callejero por incomodar a los nuevos ricos con su realidad más que escandalosa: el verdadero precio de las carteras.






A los ricos de abolengo, esos de toda la vida y muchas otras vidas atrás, les importa un cacahuate que la gente común compre falsificaciones o imitaciones, ellos están en otra dimensión: consumen productos imposibles de imitar.  Entonces ellos no son los que llaman a la policía para que arreste a vendedores como el que referimos.  Son los nuevos ricos, los que no tienen pedigrí y menos abolengo, los que se hicieron ricos en un golpe de suerte y nunca ha tenido una familia poderosa en el pasado ni una educación aceptable.   












Ellos son ricos apanicados de perder un estatus que no es suyo del todo. Entre las múltiples paranoias de los nuevos ricos se encuentra el tener que aceptar que personas pobres y sin suerte compren sus mismos juguetes y fantasías.

A un nuevo rico no le importa la calidad de las cosas, lo que le importa es la garantía de que nadie más que ellos pueden conseguirlo.  Comprar marcas reconocidas implica dejar clara la brecha que ahora los separa de su vida anterior.  




Hace muy poco que eran ellos los envidiosos de los ricos verdaderos, eran los resentidos, los que fisgoneaban en la vida de los otros… por eso ahora viven desesperados por no caer nuevamente en su miseria. 

Parecen decir: prefiero que me roben el dinero que hoy me sobra y no que me quiten mi nueva autoestima… porque de eso tengo poco.






lunes, 21 de abril de 2014

La muerte de un autor es también el inicio de su indefensión.

De la carroña con melcocha, de las palomas-zopilotes. 

La rapiña a la obra de Gabriel García Márquez desde las neuronas de Xavier Velasco. 



Xavier Velasco (www.xaviervelasco.com)


Pronóstico del Clímax

Había una vez un buitre habilidoso, encarnado en la piel de un falso reportero. Su modus operandi solía ser tan simple como impecable: siempre que se veía en la oportunidad de aproximarse a algún artista o intelectual de gran renombre y avanzada edad, se tomaba una foto a su lado. Más tarde inauguraba un archivo especial con el nombre del nuevo miembro de su acervo y lo iba alimentando con recortes y copias de entrevistas, a la espera del instante propicio. Con la ávida paciencia del zopilote.
Cuando al fin espichaba alguno de su lista, se abalanzaba el vivo sobre el archivero y construía un pastiche verosímil, a partir de fragmentos de entrevistas hábilmente engarzados y procesados, tras una introducción muy convincente donde hablaba el farsante de su encuentro con el ahora difunto. En cosa de un par de horas no sólo estaba listo el texto apócrifo, acompañado de la fotografía que no dejaba duda de su autenticidad, sino también la oferta de publicación. Con la noticia fresca del deceso, abundaban los editores afanosos de una entrevista inédita como las que el malandro les ofrecía a precio de exclusiva. ¿Y quién iba a quejarse, si al cabo las palabras ahí citadas habían salido todas de los labios del occiso indefenso?
Como cabía esperar, llegó el día en que el buitre fue exhibido, y hasta ahí llegó el negocio carroñero. Nada hay más simple en la era de internet que mentir, calumniar y usurpar identidades, tanto como atrapar en la movida a unos pocos de quienes dan por hecho el relativo anonimato que la red proporciona a impostores, cobardes, mitómanos y desocupados. Una legión tan amplia y entusiasta que no cabe la idea de seguir su pista, menos aún confrontarles, ni desmentirles. Y si ya entre los vivos no hay defensa posible contra la calumnia, figurémonos cómo les va a los muertos.
“Descanse en paz”, decimos, asumiendo la vida ultraterrena de un espíritu súbitamente autónomo, y enseguida decimos o escuchamos las primeras mentiras y exageraciones en torno al infeliz que no acaba de enfriarse y ya es presa de infundios, excesos y descréditos. O créditos erróneos, que igual desacreditan. Recordemos, si no, aquel texto meloso y cuchipando que algún gandul anónimo atribuyó a la tecla de Gabriel García Márquez. Una vez que el horror ganó notoriedad y resonancia entre las almas cándidas a las que conmovió, poco pudo ya hacer el novelista por disminuir la magnitud del daño, como no fuera aclarar el entuerto y sumarse a la redundante indignación de sus lectores, para quienes fue siempre transparente que un escrito de tan ínfima estofa no podía venir de tamaño escritor.
Perturba imaginar cuántas copias de aquel batiburrillo de melcocha circulan desde la hora de su muerte, pero si la intención es que el alma de Gabo descanse en paz, hoy se lo están haciendo más difícil que nunca. Dudo que un hombre alérgico a la cursilería, a quien le disgustaba hablar en público y lo evitaba enfáticamente, hallaría alguna paz entre tantos que jamás lo leyeron y hoy hablan en su nombre como lo harían de un miembro de su familia. Puestos a especular en temas incorpóreos, ¿quién que sea difamado a cada instante y en todo lugar va a sentirse invitado a reposar?


Conocer a un autor a través de siquiera una de sus obras supone un alto precio al ojo legañoso del iletrado ilustre, habituado a citar con pompa de sabihondo a los autores que jamás leerá. ¿Y para qué, no es cierto, si otros lo masticaron ya por él y le dieron la esencia de lo digerido? Otros que a lo mejor tampoco lo sacaron del original, o quizás la memoria los traiciona y confunden palabras, apellidos, géneros. Abundan quienes lo hacen a propósito, ya sea por candor, presunción o rapiña. En cualquier caso, el hombre no puede defenderse. Lo que digan que dijo, e incluso lo que escriban que escribió, será entrecomillado sin más trámite. No habrá palurdo apuesto que no tenga la opción de corregir, tergiversar, reescribir o falsificar su obra. ¿Quién imagina infierno más atroz para un profesional de la escritura?

Hace unos años le tocó a Carlos Fuentes responder a una de estas falsificaciones, perpetrada a propósito para apoyar una candidatura presidencial por una mano negra e inexperta —carente de la más elemental noción de estilo— a quien el novelista identificaría, con cierta chusquedad caballeresca, como enemigo de la literatura. Y sin embargo el daño estaba hecho. Quedarán unos cuantos, nunca sabremos cuántos, que aún darán por auténtico el remedo y lo harán suyo a medias entre el alarde y la pedantería.
Carroña con melcocha. He ahí el tributo ingrato que hace de la paloma zopilote.


Fuente.
Javier Velasco. Hablando de gallinazos, columna Pronósticos del Clímax, 21/04/2014.
De Milenio.com.  Recuperado el 21 de Abril 2014 desde:

lunes, 31 de marzo de 2014

Grandiosas ironías de Shakespeare y el error de Otelo


Yago, el psicópata, imita a Otelo.


La victoria de Emilia sobre Yago es según Harold Bloom – crítico estadounidense autor de Shakespeare: The Invention of the Human- una de las más grandiosas ironías de Shakespeare.  

Yago, el psicópata que manipuló hábilmente a todos los personajes: Otelo, Desdémona, Casio, Rodrigo y Emilia, es desenmascarado por esta última que no era más que un eslabón pequeño en su venganza. Para Yago es insoportable la lealtad de Emilia y el amor que demuestra a Desdémona, y sorprendido reacciona de la manera más básica e instintiva asesinando a su esposa por sentirse traicionado o menospreciado.  De esta manera se convierte en lo que tanto odiaba: en Otelo, que hace apenas unos momentos había matado igualmente a su esposa.

Inclusive hubiéramos apostado por un final con la huida del malandrín principal y así escaparía de un castigo.  Con un Yago mudo, lo cual resulta sorprendente y a la vez provoca dolor y angustia, el episodio final de Otelo se queda envuelta en la ambigüedad, dejando al personaje de Yago exaltado y sublime.



El error de Otelo 

Uno de los errores frecuentes en la detección de engaños se denomina el riesgo de Brokaw y consiste en el hecho de no tomar en cuenta las diferencia individuales.

Otra fuente de alteración igual de importante , que da origen a errores de incredulidad, es el error de Otelo, en el que se incurre cuando se omite que una persona que dice la verdad puede parecer embustera si está sometida a una presión extrema.   Cada uno de los sentimientos que inspira una mentira y que son capaces de producir una auto delación o una pista sobre el embuste, puede asimismo ser experimentado por una persona sincera, a raíz de otros motivos, si se sospecha de ella. Un individuo sincero tal vez tema que no le crean, y ese temor puede confundirse con el recelo a ser detectado que es propio de un mentiroso. Hay sujetos con grandes sentimientos de culpa sin resolver acerca de otras cuestiones, que salen a la superficie toda vez que alguien sospecha que cometieron una falta; y estos sentimientos de culpa puede confundirse con los que siente el mentiroso por el engaño en que está incurriendo.

domingo, 30 de marzo de 2014

Otelo y el terrible monstruo

Monstruos  Vs. Yo no soy el que soy.


En el desarrollo de la obra observamos como el moro se va desmoronando psicologicamente. Otelo, al inicio, es un prototipo de hombre dotado de sensatez y seguridad en sí mismo, que además prefiere apostar por confiar en sus allegados, que no hurga en rebuscadas ideas ni acostumbra anteponer las suposiciones... más cuando avanza la trama y Yago va ganando posiciones con sus mentiras e intrigas, Otelo se va transformando en un hombre extremadamente celoso y violento; convirtiéndose en un tipo lleno de amargura rabiosa y dominado, irracionalmente, por la inseguridad. 

Se apodera de él lo que lo que Shakespeare llama “el terrible monstruo” que representa los celos. De esta manera será símbolo  de la fragilidad mental propia de las patologías asociadas a los delirios.

El hoy llamado Síndrome de Otelo, se caracteriza por un delirio celotípico con ideas de engaño e infidelidad, sin otra sintomatología psicótica asociada. En ocasiones las consecuencias de este padecimiento son peligrosas.

Pero Yago también padece celos patológicos y sospecha que el moro, que representa a todas las virtudes de las cuales él carece, ha tenido relaciones con Emilia, su esposa.

A Yago sus propias palabras lo definen:
 “Yo no soy el que soy”

Embaucador, cínico, mentiroso, un vil liante que enreda y malmete a todos los que le rodean en su propio beneficio…
¡Bien podría ser el perfil de un psicopata! Y lo es.

Como dijo Concepción Arenal en su obra publicada en 1894 Cartas a los delincuentes: 

“El que proyecta un crimen, y busca cómplices, y los halla, y los seduce, y los adiestra, y los lanza donde él no tiene valor para ir, es débil”

Sus intenciones quedan definidas desde el inicio del drama, cuando se nos presenta ofendido porque Otelo no le ha considerado para el cargo de teniente y se lo otorgó al florentino Casio, y dice: 

“(...) Al moro despiértalo, acósalo, envenena su placer, denúncielo en las calles, ponlo a mal con los parientes de ella y, si vive en un mundo delicioso, inféstalo de moscas, si grande es su dicha, inventa ocasiones de amargársela”.


Algunos símbolos en la obra.


El pañuelo

Es el más sobresaliente de los símbolos en toda la trama. Otelo se lo da a Desdémona como primer regalo y representa una prueba de amor. Por esa razón es tan importante para Yago robarlo, pues sabe que para Otelo es símbolo de la fidelidad de Desdémona. El pañuelo tiene un bordado de fresas rojas, y Otelo le dice a Desdémona que las fresas fueron cocidas a mano con un hilo teñido con la sangre de “corazones de vírgenes” es decir, sangre de vírgenes . De esta forma, el pañuelo se asemeja a las sábanas de la noche de bodas que también han sido manchadas con la sangre de una virgen. Por lo tanto, en la mente de Otelo, mientras Desdémona tenga el pañuelo, seguirá siendo casta. Pero en el momento que lo pierde, con él pierde también su castidad. También representa el pasado misterioso y exótico de Otelo, pues le dice a su amada que un encantador egipcio se lo dio a su madre y que haría que su padre se mantuviese fiel. 
El determinante peso que tiene este objeto en la trama de la obra nos deja ver lo susceptible e influenciable que puede llegar a ser una mente celosa y la manera en que los pequeños detalles e incidentes sin mayor importancia aparente son sacados de contexto psicológicamente para convertirse en pruebas irrefutables de amor o traición. 


La canción del sauce.

Cuando Desdémona hace los preparativos para ir a la cama en la noche que será asesinada, canta esa canción.   Esta melodía era cantada por una sirvienta de la madre de Desdémona que era amante de un loco.  Refleja que ella siente temor por pensar que su esposo enloqueció y la abandone. Los sauces al borde del agua son símbolos tradicionales de mujeres que abandonadas por sus amantes (en otro ejemplo de Shakespeare, Ofelia, abandonada por su amor, Hamlet, muere después de caer de un sauce y se ahoga en un arroyo, en la obra Hamlet). 


El atrevido sueño de Casio

Yago le cuenta un supuesto sueño de  Casio a Otelo:
“YAGO[…] Le oí decir en sueños: «Querida Desdémona,seamos prudentes, ocultemos nuestro amor».loY entonces me agarra y me tuerce la mano,gritando «¡Divina criatura!», y me besa con ganas,como arrancando de cuajo los besosque crecieron en mis labios; y me echala pierna sobre el muslo, suspira, me besay grita «¡Maldita la suerte que te dio al moro!»
OTELO¡Oh monstruoso! ¡Monstruoso!”

Cuando Otelo pide una prueba de que su esposa le ha sido “desleal”, Yago le cuenta el el supuesto sueño que tuvo Casio una noche mientras dormía en la cama contigua a la de Yago en un campamento militar. 

Según Yago, Casio, mientras dormía, hablaba de un ardiente encuentro con Desdémona. No solo eso, sino que Casio le agarró la mano a Yago, le puso su pierna en el muslo, y lo besó, todo mientras soñaba con Desdémona.

¿Qué es lo que está pasando aquí? Primero, es importante decir que Yago está montándole una trampa a Casio para hacerlo ver como que se ha acostado con Desdémona. Segundo, Otelo parece dispuesto a aceptar esta gráfica historia como “prueba” de que Desdémona lo está engañando. Tercero, Yago está describiendo descaradamente un momento homosexual erótico que supuestamente compartió con Casio. La descripción del sueño, debería ser acerca de Desdémona y Casio, pero eso pasa a un segundo plano ante la descripción bastante detallada de lo que ocurre entre Casio y Yago, lo que origina la siguiente pregunta: ¿Otelo está molesto o celoso porque supuestamente Casio soñó con su esposa, o porque Casio y Yago estaban en la misma cama? La crítica literaria ha tirado hacia un lado y hacia el otro.

Los jardines

A Yago le fascina hacer referencias a jardines y otros tipos de follajes.
El momento más famoso en la obra es cuando Yago dice:
“YAGO

Nuestro cuerpo es un jardín y nuestra voluntad, la jardinera. Ya sea plantando ortigas o sembrando lechugas, dejándolo yermo por desidia o cultivándolo con celo, el poder y autoridad para cambiarlo está en la voluntad” 
Es una analogía bastante elaborada entre la jardinería y el libre albedrío. Básicamente, Yago nos recuerda que él es, en última instancia, el mejor jardinero, para decirlo de alguna forma, porque tiene un control tremendo sobre él y sus acciones. También nos recuerda que, parte de lo que hace a Yago ser un manipulador brillante, es su habilidad para plantar la semilla de la duda y los celos en la mente de Otelo.



La vela

La vela que sopla Otelo justo antes de estrangular a Desdémona, simboliza la fragilidad de su vida -la de Desdémona-. 

Otelo hace la comparación, parado con una vela en la mano al frente de ella mientras duerme, dice:   

“Apaga la llama y después apaga su llama” 
Sopla la vela y después estrangula a Desdémona. También reflexiona que la diferencia entre la vida de Desdémona y la luz de una vela es que puede volver a encender la vela las veces que él quiera, pero a ella solo puede matarla una vez. 
“Podría extinguirte, flamígera emisaria, y después devolverte la luz anterior si fuese a arrepentirme”. le dice a la vela. “Mas muerta tu llama,criatura perfecta de la naturaleza,no sabría dónde hallar el fuego prometeico que te diera nueva luz”

Los malos hábitos del genial Yago

Otelo, Jorge Luis Borges y Arnold Hauser.



Entre los múltiples temas que destacan en la obra de Otelo, el escritor Jorge Luis Borges, en su libro Otras inquisiciones,  le adjudica cuatro: la maldad premeditada, el amor, los celos y el complejo de inferioridad. 

Por su parte el historiador en arte Arnol Hauser, del que ya hablamos, refiere al carácter 
manierista del protagonista negro  - estilo cuya característica es el rechazo del clasicismo y la rigidez de normas o estereotipos que incluso deforma la realidad- así como su ingenuidad; argumentando que esos dos elementos conforman una psicología analista – es decir de las diferencias individuales- común a todos los protagonistas de las obras de W. Shakespeare.
Las diferentes temáticas abordadas en la obra hacen posible que el protagonista interactue de diversas formas con los personajes que encarnan los celos, el amor, la traición, la hipocresía, la sumisión o la inferioridad.

Otelo, quien abiertamente encarna al bárbaro–enemigo, consigue el amor de la hija del senador veneciano Brabancio, que intenta negar y justificar la acción de su hija argumentando que ella ha sido victima de algún hechizo por parte del moro.


En esta parte el autor nos indica el concepto que tenía el veneciano del moro, ya que es imposible que existiera amor auténtico de una mujer blanca, así que se trata de de un encantamiento por parte del negro de religión bárbara.

Brabancio, padre de Desdémona, asegura a Rodrigo – un caballero veneciano enamorado de su hija- que “será recompensado”.  Observamos el paternalismo y la preferencia del senador hacia el caballero; ambos pertenecen a la nobleza veneciana y no permitirán que in bárbaro deshonre la estirpe. Los argumentos de la nobleza para justificar su lugar privilegiado en la naturaleza tienden a que las opiniones y las ideologías tradicionales son las únicas válidas y ciertas.. pues sin brujería la naturaleza, que no es torpe, ciega, ni insensata, no podría torcerse de modo tan absurdo.

Yago : Obramos con la mente, no con brujería, y la mente necesita lentitud.


El oficial al servicio de  Otelo, es el personaje que desencadena el conflicto. Él está al tanto de todo cuanto ocurre en la corte y eso le permitirá destruir a Otelo; este último confía en su oficial y eso hace a Yago  un enemigo realmente poderoso.

Yago está frustrado  porque Otelo tiene un cargo superior al suyo, además Casio, que es otro subalterno de Otelo, también tiene un cargo de mayor rango que él.  Por lo anterior incitará a Rodrigo a aspirar al amor de Desdémona. Así, arma las intrigas que no sólo arrastrarán a Otelo a una maraña de injurias,mentiras y tormentos sino también a Casio y a Desdémona, acusando al teniente ante Otelo de haberse acostado con su esposa.
Yago es un estratega soberbio, se considera que muy pocos personajes literario se le pueden comparar, si acaso con la Celestina.


YAGO: —¿Y quién va a decir que hago de malo, cuando mi consejo es sincero y honrado, muy puesto en razón y modo seguro de ganarse al moro? Pues es lo más fácil mover la complacencia de Desdémona por una causa honrada: es más generosa que los elementos de la naturaleza y, en cuanto a ganarse al moro, él renunciaría a su bautismo y a los signos de la redención por un amor que le tiene encadenado, pues ella puede hacer y deshacer lo que le plazca, al punto que el deseo al moro le domine sus pobres facultades. ¿Cómo voy a ser malvado si, en vía paralela, indico a Casio la línea recta de su bien? ¡Teología del diablo! Cuando el Maligno induce al pecado más negro, primero nos tienta con divino semblante , como ahora yo. Mientras este honrado bobo implora a Desdémona que remedie su suerte y ella intercede por él, yo al moro le vierto en el oído este veneno: que aboga por Casio porque le desea; y, cuanto más se afane por su bien, tanto más minará la fe del moro. Yo haré que su virtud se vuelva vicio y con su propia bondad haré la red que atrape a todos.

 Los malos hábitos del genial Yago


Considerado uno de los más impecables, impactantes e inolvidables villanos – de los malos malotes- de la literatura  universal, es un excente arquetipo del intrigante Shakesperiano; personaje paradigmático que resumirá las más nefastas características de la naturaleza humana.

La historia de esta obra es un estudio completo de los peores vicios del ser humano: la codicia, le envidia y los celos.

Las  tres anti-virtudes están representados en distintos personajes. Encontraremos, además,la ira en el noble Otelo,  que después de que se nos  muestra como un ser virtuoso y caer inocentemente en las trampas de Yago, se transforma en un hombre iracundo y despiadado asesino.  La codicia será encontrada en el personaje de Rodrigo,
un hombre sin entereza que se deja manipular por otro y que solo busca complacer sus deseos en puro derroche de egoísmo.

Pero es en Yago donde encontraremos reunidos todos los vicios, o malos hábitos de los que antes hablamos. Para muchos críticos Yago es un personaje verdaderamente luciferino.

Todos los personajes de este genial drama padecen de vicios o defectos humanos reconocidos.  El protagonista es un hombre celoso que culminará comentiendo un asesinato y rematando con el suicidio, todo por causa de su falta de criterio y nulo análisis de las situaciones.  Desdémona será la representación opuesta de Yago, destacará por sus virtudes, sufrirá su falta de malicia; un personaje que se rehúsa a ver los defectos de los demás.

Regresando al personaje más complejo, y estrella de este drama, Yago, podemos apuntar que su primer defecto o mal hábito es la hipocresía seguido por la traición.  Otelo confiaba plenamente en quién lo había ayudado en empresas del pasado y así había conseguido escalar dentro de la sociedad veneciana y la política militar.
¿Por qué debería dudar de su mayor hombre de confianza? 

El otro vicio de Yago es la envidia, él se siente opacado por Otelo. Entonces surge la codicia por destruir la posición de Otelo.  Los planes tejidos sin prisa y con derroche de ingenio nos provoca una siniestra admiración.

Y Finalmente el más importante de los vicios de Yago son los celos, tema central de la obra literaria de Otelo. Yago los manipula para lograr sus objetivos y así lograr vengar esa tremenda envidia que tiene por no ser él el amado y virtuoso, lo que le provoca una seria perturbación por la poca atención que le prestan.